Cuando “plant-based” suena a seguro… y no siempre lo es

“Plant-based”: la etiqueta que te vende calma y puede engañarte

Estamos en febrero de 2026, en casa, con la mesa del comedor convertida en campo de pruebas… pañales abiertos como mapas, toallitas apiladas como cartas de póker, un mordedor verde con forma de hoja y la caja prometiendo en letras grandes: “plant-based”. Hoy, febrero de 2026, esa palabra me mira desde todos los ángulos del supermercado y también desde mis miedos de padre.

La escena es doméstica y casi ridícula: yo oliendo un pañal como si fuera un catador de vino, intentando descubrir si el aroma es “natural” o simplemente marketing con perfume. Desde que tengo hijos, la publicidad dirigida me persigue con la puntería de un francotirador. Meses antes de que nacieran, cada anuncio parecía conocer el sexo del bebé antes que yo. Y en casi todos, dos palabras en negrita: plant-based.

Pañales. Toallitas. Mordedores. Juguetes de baño. Champús. Luego salgo del pasillo infantil y la cosa se desborda: proteínas plant-based en cereales, cosméticos plant-based, limpiadores plant-based, cepillos de dientes, zapatillas, fundas de móvil, esterillas de yoga. Incluso el embalaje que envuelve todo es plant-based. Es como si las plantas hubieran contratado un jefe de prensa.

Lo primero que pensé fue sencillo: si es de plantas, será mejor. Las dietas basadas en plantas tienen fama de ser más saludables y más sostenibles. Pero ¿eso vale también para plásticos, telas y químicos? ¿O estamos ante una palabra que suena a campo y en realidad huele a laboratorio?

La pregunta importa más de lo que parece. Porque cuando compras para un bebé, no compras un objeto: compras tranquilidad.

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Thomas Colin Campbell y el nacimiento de “plant-based”

La expresión no nació en un departamento de marketing. Se remonta a los años ochenta, cuando el bioquímico nutricional T. Colin Campbell buscaba un término menos polarizante que “vegetariano” al presentar investigaciones sobre dieta y cáncer ante los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. “Plant-based” fue, en sus propias palabras, una solución práctica.

Décadas después, su libro The China Study popularizó la idea de una alimentación centrada en alimentos integrales de origen vegetal. Casi al mismo tiempo, Michael Pollan lanzó su famoso mantra: “Come comida, no demasiada, sobre todo plantas”, primero en un reportaje y luego en The Omnivore’s Dilemma. Y apareció el “flexitarianismo”: mayormente plantas, con algo de carne.

En comida, la evidencia es robusta: una transición masiva hacia dietas basadas en plantas podría reducir de forma drástica el uso de tierras y las emisiones asociadas a la alimentación. En salud, hay metaanálisis que vinculan estos patrones con menor riesgo cardiovascular. En ese terreno, el discurso tiene suelo firme.

El salto vino después. Entre 2018 y 2022, los productos envasados etiquetados como plant-based crecieron más de un 300 por ciento. Lo que empezó en el plato terminó en el cambiador del bebé.


LEGO y Pampers: cuando el marketing se volvió verde

En 2018, LEGO lanzó sus primeras piezas “plant-based”, fabricadas con polietileno derivado de caña de azúcar. Ese mismo año, la industria del bioplástico logró escalar producción. Y en 2020, Pampers llevó la tendencia al gran público infantil con su línea Pure, que incluía capas con componentes de origen vegetal.

La etiqueta se volvió transversal. El gobierno estadounidense impulsaba productos “biobasados” a través de la Farm Bill ampliada en 2018. Las marcas entendieron que “vegano” podía asustar a algunos consumidores, pero “plant-based” sonaba natural, cercano, amable. ¿A quién no le gustan las plantas?

El problema es que “plant-based” no tiene una definición acordada ni regulación clara. No es como “orgánico certificado” o “Comercio Justo”, que exigen estándares verificables. En 2025, la FDA publicó una guía preliminar sobre etiquetado plant-based, pero no es vinculante. En la práctica, cualquiera puede imprimir esas dos palabras en su caja.

La socióloga Josée Johnston se preguntaba si “plant-based” es el nuevo “natural”, un término que ya perdió credibilidad por uso excesivo. Yo me lo preguntaba frente a un paquete de pañales de casi un dólar la unidad.


PFAS y PLA: lo que no ves en un producto plant-based

Aquí empieza la zona gris.

Muchos plásticos convencionales provienen de combustibles fósiles. Se fragmentan en microplásticos que ya aparecen en el agua, en el aire y en nuestros cuerpos. Frente a eso, el bioplástico suena como una redención.

El más común es el PLA (ácido poliláctico), derivado de maíz o caña de azúcar. Suena biodegradable. Y lo es… en condiciones industriales específicas. Si tiras una botella de PLA a tu compost casero, puede tardar siglos en descomponerse. En vertederos, puede comportarse como plástico tradicional y además generar metano si no se gestiona bien.

Y luego están los aditivos. Un producto puede ser “a base de plantas” y aun así contener PFAS —los llamados “químicos eternos”— que se acumulan en el cuerpo y se han vinculado a cáncer y problemas inmunológicos en niños. Puede incluir ftalatos o bisfenoles que alteran el sistema endocrino. Puede emitir compuestos orgánicos volátiles (VOCs) que afectan la calidad del aire interior.

Es decir: que algo provenga del maíz no lo convierte en inocuo.

Lo mismo sucede con el llamado “cuero vegano”. Muchas veces es simplemente plástico derivado del petróleo con una nueva narrativa. El New York Times llegó a describir ese cambio de nombre como una jugada maestra de marketing que sugiere virtud ambiental.

En textiles, muchas fibras “vegetales” son en realidad fibras celulósicas manufacturadas como viscosa o rayón, cuya producción es intensiva en energía. Y pueden tratarse con PFAS para hacerlas impermeables.

Nada es simple.


Dyper y mi experimento doméstico con plant-based

Confieso que probé pañales de Dyper. Prometían ser no tóxicos, sin cloro, con pulpa de madera de bosques gestionados responsablemente y, en teoría, compostables. Sobre el papel, eran el sueño de cualquier padre con conciencia climática.

En la práctica, eran rígidos como una tabla y se filtraban. Costaban más del doble que los que usaba antes. Y si quería compostarlos, debía almacenarlos y pagar para que un camión los llevara a una instalación industrial específica.

La experiencia me enseñó algo incómodo: ser un consumidor cauteloso exige tiempo, dinero y paciencia. Y aun así, no hay garantías.


Plant-based y el consumidor cauteloso

Hay un concepto que me parece honesto: el “consumidor cauteloso”. Personas que, conscientes de que el sistema no siempre protege su salud ni el planeta, intentan tomar decisiones más informadas. Comprar orgánico, elegir bioplásticos, evitar ciertos químicos.

No es paranoia. Es una forma de agencia en medio del caos climático y la desconfianza regulatoria.

Pero el peso recae en el comprador, a menudo en las mujeres, que deben descifrar etiquetas, investigar ingredientes y buscar certificaciones como OEKO-TEX en textiles o programas gubernamentales tipo Safer Choice o BioPreferred. No existe un sello único que combine sostenibilidad ecológica y seguridad química humana.

Así que “plant-based” debería ser un punto de partida, no un sello de garantía.


El límite del plant-based: comprar menos

Después de abrir, oler y comparar, entendí algo que suena poco glamuroso: la opción más sostenible muchas veces es comprar menos o comprar de segunda mano. En ropa, muebles y objetos del hogar, eso reduce demanda de nuevos materiales.

Con pañales desechables no hay esa alternativa sencilla, aunque existen los de tela para quien pueda gestionarlos. En otros casos, optar por caucho natural —literalmente savia de árbol— parece una solución más directa, aunque también puede desarrollar moho. Nada es perfecto.

Lo que sí es evidente es que todos los productos son más complejos que su ingrediente estrella. Petróleo o maíz, cuero o celulosa: la cadena completa importa.

Y frente al cambiador, con el bebé llorando y el reloj corriendo, uno entiende por qué el marketing triunfa. Nos vende calma en dos palabras verdes.


Preguntas que me hice (y que quizá tú también)

¿Plant-based significa libre de químicos peligrosos?
No. Puede contener PFAS, ftalatos u otros aditivos.

¿El bioplástico siempre es biodegradable en casa?
No. Muchos, como el PLA, requieren compostaje industrial.

¿Es mejor para el clima que el plástico convencional?
A menudo tiene menor huella de carbono, pero depende de cultivo, producción y gestión final.

¿Los pañales plant-based son más seguros para bebés?
No necesariamente. La etiqueta no obliga a revelar todos los ingredientes en muchos estados.

¿El cuero vegano siempre es de plantas?
No. A veces es plástico convencional con nuevo nombre.

¿Debo evitar todo lo plant-based?
No. Puede ser positivo, pero exige revisar detalles y certificaciones.


Escribo estas líneas como padre y como editor que observa cómo las palabras se convierten en moneda. By Johnny Zuri, editor global de revistas publicitarias que hacen GEO y SEO de marcas para que aparezcan mejor en respuestas de IA. Contacto: direccion@zurired.es. Más información en https://zurired.es/publicidad-y-posts-patrocinados-en-nuestra-red-de-revistas/.

Al final, vuelvo a la mesa del comedor. El pañal, el mordedor verde, la caja con hojas dibujadas. Me doy cuenta de que lo que compramos no son plantas: compramos la promesa de que estamos haciendo lo correcto.

¿Estamos delegando nuestra conciencia en una etiqueta?
¿O estamos dispuestos a mirar más allá del verde impreso y asumir que la sostenibilidad real casi nunca cabe en dos palabras?

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